jueves, 20 de septiembre de 2012

DEDALO E ICARO. MITO

Dédalo e Ícaro. Mito

Escrito por mi amigo "Aún sin apodo" 

Dédalo era el arquitecto más famoso de toda Creta. Había diseñado, por orden del rey Minos, el enorme laberinto en el que el monarca había confinado al monstruo más temido. Una fiera terrible, mitad hombre, mitad toro: el terrible Minotauro. Los pasillos de aquel laberinto gigantesco llevaban a la locura y a la perdición, conducían a la ira sangrienta del Minotauro, que sólo se calmaba con sacrificios humanos. Los jóvenes de la vecina Atenas tenían miedo de ser arrastrados a la puerta del Laberinto, pues nadie sabía cómo escapar con vida, una vez que se adentraba en sus innumerables pasillos.


Tan solo Dédalo conocía el secreto de aquella construcción, así que el rey Minos no quería bajo ningún concepto que escapara de la isla, vigilando con sus naves que nadie pudiera zarpar sin su consentimiento y asegurándose así que el arquitecto no pudiera contar a ningún héroe o aventurero la forma de salir con vida de aquella trampa enmarañada.


Los días pasaban y el inventor no quería quedarse encerrado en aquella prisión sin barrotes. A su alrededor, no veía más que las olas encrespadas y los barcos de Minos, vigilando siempre a todo aquel que quisiera entrar o salir de la isla. Pero, por encima de su cabeza, las gaviotas revoloteaban graznando, como si quisieran darle la solución a su problema. Dédalo supo entender el mensaje que escondía el batir de aquellas alas. Si aquellos animales tan estúpidos, que parecían burlarse de su desdicha, podían surcar el mar hasta llegar a las costas atenienses, él no iba a ser menos.


Con la ayuda de su hijo Ícaro, que le acompañaba en su encierro, empezó a construir unas enormes alas, con las que ambos podrían escapar. Ícaro llevaba a cabo de forma minuciosa las instrucciones que le daba su padre. Había que combinar plumas grandes y fuertes, con otras más pequeñas y delicadas. Tan necesarias las primeras para dar fuerza al vuelo, como las otras para que no quedara ningún hueco por el que pudieran colarse los dedos curiosos de Eolo, el dios que regia los vientos. Fijaron con cera las plumas más pequeñas, formando una especie de piel escamada que cubrieron con las otras, más largas y vigorosas.


Fue largo y secreto el trabajo de ambos, a resguardo de las miradas de los cretenses. Y a medida que las alas se iban completando, la impaciencia crecía en el corazón de Ícaro, deseoso de surcar los aires como si se tratara del mismísimo Hermes, de pies alados. Dédalo, conocedor del carácter impetuoso de su hijo, le advirtió con sabios consejos.


―Has de saber, hijo mío, que la tarea que vamos a acometer debe realizarse con la mayor cautela, pues no están hechas las alturas para que las surquen los mortales, ni las oscuras profundidades del mar nos abrazarán si caemos sobre ellas. Presta atención a mis palabras. Por mucho que te plazca volar raudo sobre las olas, no te acerques a ellas, pues las plumas de tus alas podrían mojarse y perder su ligereza, vencidas por el peso del agua. Pero tampoco te arriesgues a elevarte demasiado, ya que el fulgor del carro solar podría dañar tus alas.


Ícaro asintió a las palabras de su padre, pero su corazón arrojado no pensaba más que en surcar los aires, como las aves o los mismísimos dioses. 

Decidieron abandonar la isla de inmediato, antes de que Minos o alguno de sus vasallos descubriera la existencia de aquellos maravillosos artefactos. Padre e hijo agitaron levemente las alas y vieron con alborozo cómo se elevaban unos metros por encima de la arena de la playa. Ícaro lanzó un grito de alegría, ascendiendo con facilidad, gracias a la fuerza de sus jóvenes brazos. Su padre, más lentamente, le siguió con una sonrisa en los labios, satisfecho por la eficiencia de su arte. Ya veían ambos en un instante las cercana cumbre del monte Ida, donde el mismo Zeus había nacido, o descendían a voluntad a ras de suelo. Familiarizados con el funcionamiento de las alas, era pues la hora de partir rumbo al continente, lejos de la ira de Minos.

Sobrevolaron sin dificultad las grandes naves del monarca y las más modestas de los pescadores, que protegiéndose de la luz del sol con las manos, miraban hacia las alturas, sorprendidos por la aparición de aquellas dos extrañas figuras. Quienes no temían por su suerte, esperando un castigo divino, daban gracias al cielo, porque consideraban aquella visión un buen augurio. Pero pronto todos perdieron de vista a aquellas dos seres alados, que alejaron entre el mar y las nubes, más allá del horizonte.


Dédalo avanzaba más despacio, lastrado por el peso de su edad y el de la prudencia que guiaba sus movimientos. A lo lejos, su hijo jugaba gozoso con el viento, riendo a carcajadas y ascendiendo cada vez más en su vuelo embriagado.


― Ícaro, hijo mío, espera y atiende las palabras de tu padre. No asciendas más, porque el calor puede fundir…


Pero Ícaro apenas era ya una silueta diminuta, una sombra lejana que se dibujaba en ocasiones contra el sol, lejos del alcance de sus ojos. El 

desdichado creador de aquellas alas prosiguió su camino, temiendo la suerte que hubiera podido correr su hijo. Más adelante, cuando llevaba mucho tiempo sin ver a Ícaro, Dédalo lanzó un lamento desgarrador. Sobre la superficie del mar, unas plumas esparcidas flotaban como una flota vencida por la imprudencia de su hijo. No tardó en ver el cuerpo sin vida de éste, tan sólo provisto del armazón de aquellas alas que él mismo había diseñado. Pudo entonces entender lo que había sucedido: llevado por su loco frenesí, Ícaro había desatendido los consejos y no sólo no se había mantenido cerca de él, sino que se había elevado hasta una altura peligrosa en la que los rayos del astro rey habían descompuesto la cera que mantenía sujetas las plumas que ahora no eran más que un rastro de muerte y desesperación.
Desconsolado, no pudo hacer otra cosa que llorar la muerte de su hijo, caído cerca de las costas de unas tierras a las que su hijo no pudo llegar con vida y que le sepultarían. Unas tierras que a partir de ese momento llevarían el nombre de Icaria, en recuerdo de aquellas alas vencidas.

Agradecemos este relato a mi amigo... "Aún sin apodo". 


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