miércoles, 4 de julio de 2012

TESEO EN CRETA


Personajes.
    Teseo: El protagonista. Héroe a tiempo completo. Quiere ser libre.
    Egeo: Rey de Atenas y padre de Teseo. 
    Minos. Rey de Creta. 
    Ariadna. Enamorada del héroe e hija de Minos, por ese orden.
    Astestión. Para los amigos: el Minotauro. Hermanastro de Ariadna e hijo de Minos. Da igual el orden.
    Narrador. Yo. Personaje fantasma, en muchos sentidos.
La historia transcurre entre Atenas y Creta. Ambas compartían enemistad
Las decisiones más difíciles son las más fáciles de tomar porque le dedicas mucho de lo mejor y más valioso que tienes, tiempo. Eso pensaba Teseo, el protagonista de nuestra historia. Después de matar al toro blanco con aliento de fuego- la halitosis era un problema ya en tiempos inmemoriales- se dirigió a Atenas para ofrecer su piel y cabeza como ofrenda a los dioses. Cansado de que su destino fuera decidido a suertes por los dioses del Olimpo, decidió hacer algo extravagante, insólito, contrario a su arbitrio. Decidió ser libre. ¿Cuál era el motivo por el que él, igual a otros, era favorecido por los dioses? ¿Y si esos mismos dioses, por capricho, decidían lo contrario? ¿El azar de esos seres ajenos a su vida le guiaba? ¿Hasta cuándo? Quiso escribir él mismo su destino, tallarlo sobre la piedra lisa, cincelarlo con bellas palabras de libertad.

Por aquel entonces, Atenas, como pago por la muerte de Androgeo, hijo de Minos, rey de Creta, estaba obligado a mandar cada año, como ofrenda para el sacrificio, siete jóvenes y siete doncellas. Estos eran conducidos hasta el oscuro laberinto del Minotauro, mitad hombre, mitad bestia, donde eran devorados sin remedio. Y aquí es donde empieza la rebelión de nuestro héroe; decidió presentarse voluntario como uno de los catorce, anticipando el resultado del sorteo.

Ya embarcado, conoció a Ariadna quien se enamoró de él. Sabiendo el destino que le aguardaba, traicionó a su padre y hermanastro entregando a Teseo la forma de entrar y salir del laberinto. Consciente de su decisión, mostró al héroe la llave del laberinto. Un ovillo de oro que atado al dintel de la puesta de la casa de Asterión, se desenrollaría hasta encontrar la estancia lúgubre donde descansaba el medio hombre, medio toro. Acabada la bestia, sólo tenía que enrollar el ovillo hasta encontrar la claridad del día. 

La mirada de amor de Ariadna voló por el aire salino de la embarcación posándose en Teseo. Ella le ayudaría a cambio de una promesa de matrimonio. ¿El la correspondía? En aquellos momentos el afán de libertad superaba al resto de los sentimientos. Cortar los hilos de marioneta circense era su único afán. Recibió la llave y entregó un si que nunca sería. 

La noche era oscura, casi sin luna, propicia para la sorpresa. El ovillo con paciencia se desenrolló hasta alcanzar el último rincón de la estancia más apartada del laberinto. De la casa de Asterión. Esqueletos mondos, espadas desenvainadas y cubiertas de la capa del tiempo, escudos rasgados, lanzas quebradas, se encontraba el hijo de Egeo al introducirse más y más en la guarida del Minotauro; tenía miedo. Un héroe no se diferencia del resto de los mortales por el grado de miedo o por no tenerlo, si no por cómo lo afronta. Tiene miedo, más del que pueda describir, pero no deja de avanzar hacia su destino. No le paraliza, no le vuelve la espalda. 

Fuera tiene que estar amaneciendo por el tiempo que ha pasado, la desesperanza hubiera surgido sino llegara hasta él el lamento entre sueños de un ser enorme. Dormido, profundamente dormido es como se encuentra a su contrincante y así es como acaba con él. No le ha dado la oportunidad de defenderse. Quiere volver con sus amigos, quiere volver a Atenas para proclamar a todas las madres que no tendrán que verter más lágrimas por unos hijos que morirían ensartados por dos poderosas astas. Enreda el ovillo, esta vez con prisa, hasta alcanzar con los ojos entornados la claridad del día que avanza. Del laberinto al puerto donde le aguarda la tripulación ateniense no hay mucha distancia, suficiente para sonreír mirando hacia el cielo. Lo he conseguido, dice para sus adentros.  

Embarcado hacia casa un cuenco de gachas sabe mejor y una decisión desagradable es menos dolorosa. Inclina la cabeza a modo de despedida a la que ha sido durante un día su prometida cuando se aleja de la playa desierta donde la ha abandonado. Unos dirán al cabo de los siglos que no quería provocar otra guerra con la llegada de la mano de Ariadna a Atenas -una tal Elena y un tal París podrían haber tomado buena nota- otros que la abandonó para que la flota cretense se retrasara y tomar suficiente distancia para alcanzar las costas del Ática. Por una u otra razón, lo hizo. 

La historia está a punto de terminar y muchas narraciones aquí concluyen pero creo que hay que destacar un último acto de esta aventura; el origen del nombre del mar Egeo. Cuando va a zarpar Teseo hacia Creta, su padre, el rey de Atenas, Egeo, le indica que cuando vuelva vencedor, ice una vela blanca en vez de las negras tradicionales en señal de un destino feliz. No lo hizo, se olvidó y el rey, triste por la teórica muerte de su hijo se tiró al mar que desde entonces se llamó Egeo.

Yo el narrador doy fe de que ocurrió así. Porque he estado allí y en otros muchos lugares con la fuerza de mi imaginación. Porque cada vez que he leído el mito, he viajado con Teseo desde Atenas a Creta y he matado con su maza al Minotauro y he abandonado a Ariadna en la playa y he visto caer a Egeo al mar que lleva su nombre. 
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He encontrado otra versión preciosa, para niños más pequeños, de un grupo de alumnos de 1º, 2º y 3º de Educación Primaria del Colegio Público de Educación Infantil y Primaria de Abárzuza (Navarra)

¡¡Precioso¡¡ ¡¡Ole por sus profesores¡¡


¡A leer¡






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